jueves, 16 de octubre de 2008

Una ligera pasada por Urgencias...

Ese ha sido mi verano. Sin internet, sin apenas amigos y sin apenas salir de casa y del hospital. Llevaba diez años, diez, sin pisar uno. Y entré de lleno en Urgencias. Sin comentarios.
Cuando llegas a un servicio a currar, lo primero es que sepan que has llegado. Que estás ahí. Que, como Teruel, existes. No es fácil.
Mi supervisor me dio una brevísima charla y me enseñó las instalaciones, casi nuevas. Todo un mundo. Y me dejó solo, con una millonada de seres en pijama que casi ni me miraban. Todo un mal trago. Después vino la fiebre: analítica completa, sondaje, gasometría, férulas, suturas, niños pequeñísimos... por doquier. Por cientos. Han sido las horas más largas y a la vez más cortas de toda mi vida.
Poco a poco, y a base de malos ratos (no suelo pedir ayuda hasta estar desesperado), fui conociendo a la gente: a los simpáticos, a los antipáticos, a los empáticos, a los médicos de los que aprender y a los médicos de los que NO aprender. Y fue pasando el tiempo. Y claro, a base de malos ratos fui perdiendo kilos.
Por fin, a eso de septiembre, comencé a sentirme en mi sitio. Novato, sí, pero con cierto rodaje. Sabía dónde estaban las cosas, sabía qué cosas debía hacer, ciertos protocolos que todos saben y nadie te explica, a no perderme mucho en una parada. Lo típico.
Entonces, cuando parecía que la estabilidad de nuevo llegaba a mi vida, entonces... me pusieron de retén.
Y comenzó la segunda etapa de mi verano. A dar vueltas y vueltas como una peonza por toooodo el hospital. De nuevo, llegaba la tormenta.
Lo que mejor recuerdo es, con diferencia, la sensación que me acompañaba cada nuevo día: a ver qué marrón me como hoy. O a ver cuántos. Resoplaba mucho, pero más resoplé al empezar de retén. Pero eso, amigos, es otra historia.

1 comentario:

Vitote dijo...

Bienvenido de nuevo, también nosotros te echábamos de menos...

A retornarse