Nunca he dejado de ser niño.
Por eso nunca he dejado de querer ser escritor
poeta
pintor fracasado
filósofo
historiador
linguista de la letra y de la lengua
fotógrafo de esos con cámara réflex
futbolista
basurero, sí, no preguntes por qué que no lo sé
médico
buena persona
buena persona buena
persona
músico
estrella en el negro firmamento
o verso
o viento, ola en la playa, incluso alga
o susurro tuyo
o susurro tuyo o un gesto
una palabra
un algo incierto.
Frustración es palabra para adultos,
no para niños,
así que me hago el loco
y sigo soñando
tachando items
de mi lista absurda y genial, carente, necia
equívoca tal vez o surrealista.
Pero siempre seguir soñando,
seguir soñando seguir siempre
soñando.
Seguir soñando.
martes, 21 de diciembre de 2010
viernes, 17 de diciembre de 2010
Reflexiones mientras se hace la lasaña
Todas las mañanas hago lo mismo. Me levanto (me cuesta la vida). Enciendo el portátil. Abro el explorador. Abro los periódicos digitales (es fascinante cómo cuentan la misma cosa de modo tan diferente a veces). Veo qué ha pasado en el mundo. Normalmente leo El Mundo.

Esta mañana, creo, leí algo que me hizo reflexionar. No era ésto. Ni ésto. Ni siquiera esto otro. Sino esta noticia sobre la educación en casa.

Me sorprende la forma de "exigir" de estos padres. Me sorprende bastante. Porque una cosa es que quieran que sus hijos estudien fuera del colegio, y otra los argumentos que exhiben.
Que si la escuela no enseña a los niños a ser personas autónomas. Claro, supongo que media España y yo somos super-super dependientes... y que no me vengan con metafísica barata sobre el sistema y lo mucho que estamos supeditados a él. Todos somos libres de pillar un vuelo a una isla, y no lo hacemos. No veo ninguna pistola obligándonos a quedarnos.
Que si la escuela no fomenta la igualdad entre las personas. Claro. Sobre todo los colegios públicos en los que casi todos hemos estudiado, donde se mezclan chicos de campo, hijos de camareros, mecánicos, albañiles, marineros o maestros o guardiaciviles. Vaya, qué clasismo.
Pero la sarta de razonamientos de Playskool continúa: anima a los padres a participar en la educación, no dejándola únicamente en manos de los profesionales. Y de aquí, genuina perla, se deducen dos cosillas:
1) Que por lo visto a nosotros nuestros padres no nos han educado. Mire usted, a todos nos han enseñado la educación en casa. Eso siempre ha sido cosa de los padres. Y precisamente porque ahora no se hace tenemos los problemas que tenemos con nuestros infantes y adolescentes en los colegios e institutos.
2) Que ser profesional es algo que despierta en este señor algún tipo de arcano recelo. Ya hablaremos de esto más adelante.
Que si las escuelas no tratan de dar a los alumnos una educación bien hecha (supongo que una educación bien hecha es la que sea de su gusto, por lo visto), sino una cabeza bien llena. Claro. Porque una cabeza vacía sólo sirve para ponerse una gorra y verlas venir. Y lo mejor es lo de su hija, a modo de ejemplo, que se (oh! debe ser la primera!) aburría en el cole. Y que a los 13 años pidió irse. A los 13 yo acababa 8º de EGB y tenía que irme, tenía que irme al instituto.
Que si las escuelas no tratan de dar a los alumnos una educación bien hecha (supongo que una educación bien hecha es la que sea de su gusto, por lo visto), sino una cabeza bien llena. Claro. Porque una cabeza vacía sólo sirve para ponerse una gorra y verlas venir. Y lo mejor es lo de su hija, a modo de ejemplo, que se (oh! debe ser la primera!) aburría en el cole. Y que a los 13 años pidió irse. A los 13 yo acababa 8º de EGB y tenía que irme, tenía que irme al instituto. Vamos, que su hija no es la única que se ha aburrido de la muerte en el cole. Yo, sin ir más lejos. Pero no creo que su hija tuviera el TDAH que yo creo que tenía, ni mi CI ligeramente superior a la media. Y sí, puede que la educación necesita mejoras, pero no creo que el adelanto que supone un colegio y un sistema educativo sea peor que estudiar en casa, con menos relaciones sociales, menos interacción, sin las burlas de los compis, sin los bocadillos en el recreo ni los castigos (si es que algo quedara) de los maestros.
Todo esto me recuerda al contínuo ataque a los profesionales de la salud, con cada vez más gente con unos cuestionables y dudosos razonamientos que nos porfía cada dos por tres. Es muy bonito parir en casa, no lo dudo, pero si el parto se pone chungo y la madre no tiene una vía cogida y no hay ningún ginecólogo la cosa cambia. Podemos, siempre, volver a las cavernas. Pero es una estupidez perder todo lo que hemos conseguido y creer que lo antiguo es más bueno, sano o mejor. Es curioso, pero todos, absolutamente todos los que se encuentran mal y enferman, por mucho que hayan renegado de los médicos, recurren a ellos.
Me diréis que siempre se podrá recurrir a la medicina alternativa, al yoga y a lo que queráis. Por supuesto.
Y yo puedo llamar nabo a una farola y quedarme tan traquilo.
viernes, 10 de diciembre de 2010
La Navidad acaso con su tono ocre...
y con sabor agridulce de marejada,
de ausencias sentidas, buscadas o forzadas,
de dictadura fascia,
de felicidad hueca,
de corazones falsos, de risas impostadas,
de espumillones necios,
de campanadas secas,
vuelve mediocre cada año insensible
a los corazones que lloran pérdida
o a los que enferman o lloran o sangran
o piden,
con ansia o sin ella, resignados
a esta férrea decadencia
de consumismo vestido de fachada.
de ausencias sentidas, buscadas o forzadas,
de dictadura fascia,
de felicidad hueca,
de corazones falsos, de risas impostadas,
de espumillones necios,
de campanadas secas,
vuelve mediocre cada año insensible
a los corazones que lloran pérdida
o a los que enferman o lloran o sangran
o piden,
con ansia o sin ella, resignados
a esta férrea decadencia
de consumismo vestido de fachada.
jueves, 9 de diciembre de 2010
Cuestión de horas
Desde las ocho hasta las siete, con media hora de recreo y media hora para comer, son diez horas. Pero si te levantas a las siete y vuelves a las siete, son doce.
Da igual, al final llegas reventado a casa. Y con el maravilloso consuelo de que mañana será otro día... eso sí, de sólo siete horas.
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