Casi sin querer
quizá por forja de carácter
o por evolución de cierto nihilismo
llega uno a un estado de aceptación apañadito,
como
aquel samurai que no teme a la muerte,
ni sufre con la incertidumbre
porque vive el presente y el instante.
Casi sin querer
como quien maneja pétalos cotidianos de desidia
sin avisar siquiera, como
un letargo progresivo pero sordo o sórdido
se siente uno que no siente,
ni
necesita.
Que si tiene que llegar la tristeza, que llegue.
Oleremos la hierba fresca rociada mañanera
-incluso los anósmicos, porque es una metáfora
y esas siempre se huelen, al menos los poetas las olemos-
e iremos al combate.
Se sorprende uno poderoso,
casi sin querer,
las vueltas de la vida,
casi sin querer
y casi
sin poder remediarlo.
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