Si lo escoges, el modo difícil de la vida digo, el de verdad, será jodido. Jodido de cojones.
Es, por ejemplo, animar a la gente cuando tú estás mal. No esperar a cambio que hagan lo propio. Y que no lo hagan. Y decepcionarte las primeras veces. Hasta aquí todo bien. Lo difícil es saber eso, y seguir siendo el mismo.
No es cuestión de vocaciones, o intereses, o creencias, que las hay -o no- y son respetables. Es cuestión de ser así, a secas.
Es cuestión de apreciar a la gente, de valorar las cosas, de sentir las cosas y a las personas.
Es jodido. De cojones.
Porque, sabiendo cómo está montado el tinglado, sabes que muy poquita gente estará a tu altura.
Y tú no se lo pides. No se trata de eso.
Se trata de que te gustaría encontrarte más a menudo a gente que se porte contigo como tú te portas con la mayoría.
Es, por ejemplo, no mentir nunca. O tratarlo. No como principio, sino como forma de ser. Gilipollas, puede. Abocada al fracaso, sin duda. Y que llueva, porque te va a llover.
Por supuesto a veces hay que mentir, obviamente. Todos lo hacemos. Pero también sabemos que hay mentiras prescindibles, que están teñidas de la suave derrota -o el triunfo- de facilitar las cosas, suavizar los golpes, minimizar las consecuencias.
Es, por ejemplo, querer mucho, mucho, a la gente. Y sentir que nunca vas a ser igual de correspondido. No me refiero a absolutamente todo el mundo, claro. No se trata de eso.
Se trata de tener la sensación de que derrochas sentimientos, si es que eso fuera posible. Incluso la certeza. Y bueno, uno es como es.
Se trata de darle el último yogur al que se comió el último yogur la última vez. Ése que no recuerda que se comió el último yogur y que te lo recordará sin dudarlo si eres tú el que lo hace. Se trata de ser consciente de que es una gilipollez discutir por un yogur pero qué cojones, no es el yogur. No se trata de eso.
Se trata de los detalles, de ser detallista en una sociedad que cada vez más simplifica lo complejo extirpando minuciosamente los detalles. La sonrisa, el afecto, la cercanía. Todo al carajo.
Es, por ejemplo, morderte la lengua por no corregir demasiado a la gente cuando habla. Es saber más, no por ser mejor o peor o más o menos (o)culto, sino por lo que sea. Es saber que esa persona a la que no estás corrigiendo te va a corregir a las primeras de cambio. Es aguantar argumentos megachuflas en las conversaciones con cara estoica. Es darte cuenta de que no vale la pena argumentar nada con esa persona y aún así tratar de hacerlo.
Lo sé. Todo esto no difiere mucho de ser gilipollas. Y en eso estoy, no lo tengo muy claro. Pero por ahora no se trata de eso.
Es, por ejemplo, animar a la gente cuando tú estás mal. No esperar a cambio que hagan lo propio. Y que no lo hagan. Y decepcionarte las primeras veces. Hasta aquí todo bien. Lo difícil es saber eso, y seguir siendo el mismo.
No es cuestión de vocaciones, o intereses, o creencias, que las hay -o no- y son respetables. Es cuestión de ser así, a secas.
Es cuestión de apreciar a la gente, de valorar las cosas, de sentir las cosas y a las personas.
Es jodido. De cojones.
Porque, sabiendo cómo está montado el tinglado, sabes que muy poquita gente estará a tu altura.
Y tú no se lo pides. No se trata de eso.
Se trata de que te gustaría encontrarte más a menudo a gente que se porte contigo como tú te portas con la mayoría.
Es, por ejemplo, no mentir nunca. O tratarlo. No como principio, sino como forma de ser. Gilipollas, puede. Abocada al fracaso, sin duda. Y que llueva, porque te va a llover.
Por supuesto a veces hay que mentir, obviamente. Todos lo hacemos. Pero también sabemos que hay mentiras prescindibles, que están teñidas de la suave derrota -o el triunfo- de facilitar las cosas, suavizar los golpes, minimizar las consecuencias.
Es, por ejemplo, querer mucho, mucho, a la gente. Y sentir que nunca vas a ser igual de correspondido. No me refiero a absolutamente todo el mundo, claro. No se trata de eso.
Se trata de tener la sensación de que derrochas sentimientos, si es que eso fuera posible. Incluso la certeza. Y bueno, uno es como es.
Se trata de darle el último yogur al que se comió el último yogur la última vez. Ése que no recuerda que se comió el último yogur y que te lo recordará sin dudarlo si eres tú el que lo hace. Se trata de ser consciente de que es una gilipollez discutir por un yogur pero qué cojones, no es el yogur. No se trata de eso.
Se trata de los detalles, de ser detallista en una sociedad que cada vez más simplifica lo complejo extirpando minuciosamente los detalles. La sonrisa, el afecto, la cercanía. Todo al carajo.
Es, por ejemplo, morderte la lengua por no corregir demasiado a la gente cuando habla. Es saber más, no por ser mejor o peor o más o menos (o)culto, sino por lo que sea. Es saber que esa persona a la que no estás corrigiendo te va a corregir a las primeras de cambio. Es aguantar argumentos megachuflas en las conversaciones con cara estoica. Es darte cuenta de que no vale la pena argumentar nada con esa persona y aún así tratar de hacerlo.
Lo sé. Todo esto no difiere mucho de ser gilipollas. Y en eso estoy, no lo tengo muy claro. Pero por ahora no se trata de eso.



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