No sé quién eres realmente. No importa si me lees con asiduidad o eres nuevo por aquí. Ni si estás de paso o piensas quedarte. Ni siquiera importa que esto no te importe una puta mierda, que por otra parte, sería lo más normal. Al menos en mi escala de valores de don´t-give-a-shit.
A lo que voy.
Si eres joven, o tienes la suerte de tener cierta edad pero la juventud de querer aprender cosas, te contaré una historia que a lo mejor te interesa o no, claro.
Verás.
Ante todo, como casi siempre, una pregunta: ¿cuál es tu miedo? ¿A qué temes más? ¿De qué no eres capaz?
Tienes razón. No es una pregunta, es una serie de preguntas apareadas. Bueno, en la vida real casi siempre es así también, no te quejes tanto.
Si aún sigues por aquí te contaré una historia corta.
Una vez había un chico que tenía una gran, gran colección de miedos. Le gustaba -o más bien no podía evitar- pensar, pensarlo todo, casi todo. Pensaba en sus miedos, en los porqués de sus miedos, en su nacimiento o lugar de procedencia, en si tenían sentido o no.
Ignoraba, el pobre, que eso casi nunca importa.
Perdía el tiempo, porque los miedos siempre seguían con él. A veces incluso se hipertrofiaban, crecian y anidaban en recovecos calentitos de su alma. Se enquistaban, se enredaban y crecían y crecían sus raíces. Él no lo sabía -aunque seguía pensando, tanto que un día descubrió que siempre tenía el ceño fruncido de tanto pensar-.
Uno de esos miedos le costó caro, pero él no se dio cuenta, seguía pensando en por qué tenía que tener ese miedo, en lo injusto, en lo inoportuno que era.
Sólo manejó correctamente uno de ellos en concreto. El de hablar con extraños.
Más que miedo, pensaba, era impresión, era vergüenza. Sí, eso, vergüenza. Timidez. Siempre hay personas más extrovertidas y personas más introvertidas. Es ley de vida, se decía.
Y claro, era cierto.
Lo que pasa, y pasó, es que tuvo que hacerse algo mayor y trabajar. No le hubiera venido mal ser informático, o vigilante de seguridad de esos que trabajan por las noches, o farero incluso. Pero, por desgracia, o por suerte, tuvo que trabajar con personas.
Lo cual implicaba comunicarse, o lo que es peor, y lo era, relacionarse.
Sin embargo, a costa de tener que hacerlo -porque eso sí, no quería resultar desagradable a nadie, una cosa era ser tímido y otra bien distinta era ser un bicho raro o un saborío- se fue acostumbrando a hablar. Hablaba con sus compañeros de trabajo, hablaba con los clientes, hablaba cuando le iba bien, hablaba cuando le iba mal.
Y tanto habló que uno de sus miedos mutó y se transformó -quería creer- en uno de sus superpoderes.
A pesar de ser tímido, y de pasarlo algo mal al principio, nunca volvió a temer hablar con extraños. Incluso aprendió a no hablar, a disfrutar del silencio, a dejar que hablara la otra persona. Conoció a gente muy interesante, o poco, o nada, pero descubrió que precisamente eso, hablar, era una de las cosas que más le gustaban en la vida.
Te cuento este rollo porque me he acordado de esa historia hoy, cuando fui a clase solo y volví solo de clase, y me di cuenta de que eso, ir solo por ahí, era una de las cosas que yo temía. No es que me cagara de miedo y llorara y todo eso, pero ya sabes, me daba cosa, mal rollito. Siempre que podía lo evitaba.
Y como el chico de la historia, fíjate, me encuentro disfrutando. De esos momentos de soledad y música -siempre, siempre con mi Ipod-. Y pienso que quizás para algunas personas dominar sus miedos gire en torno a no adelantarse a los acontecimientos, a dejar que pasen, a no pensar tanto, a dejarse llevar y ver qué pasa, a relativizar su importancia, a no guardarlos en la cabeza.
Porque algunos miedos que dejamos demasiado tiempo en la cabeza y alimentamos atribuyéndoles una importancia que sólo nosotros vemos, algunos miedos, como te digo, metastizan en el corazón y se hacen parte de ti y éso, querido lector, éso es una historia bastante más complicada, oscura y triste.
Y por suerte, no forma parte de este relato.