Como internista estoy relativamente acostumbrado a lidiar con la muerte. Cuando hay un fallecimiento en planta (exitus), debemos certificar la muerte. Se llega, se habla con la familia, se la deja llorar, se hace un electro que es plano, se ausculta, se ven las pupilas... es un poco trámite, pero alguien tiene que hacerlo y quiero pensar que para la mayoría de las familias es un alivio.
Podría deciros que no es un proceso doloroso, o que sí, que soy muy sensible o que estamos recubiertos de una coraza porque si no viviríamos inmersos en prozac. Es un poco de todo.
Lo que me llama la atención son los DNIs. Al rellenar el certificado de defunción (algo que antes se cobraba, y no me extraña, porque no es agradable, nada agradable certificar una defunción) tenemos que escribir el DNI del fallecido. Y ves su fotografía con cara de vivo, con colores de vivo, sonriendo, o seria, o peinado, o vestido bien o mal. Pero vivo. Capturado en un instante cuando respiraba, soñaba, se enfadaba o se cagaba en los muertos de alguien.
Y esa diferencia con respecto al cuerpo inerte que acabas de ver, pálido, inexpresivo, cerúleo, con ojos fríos muertos, es brutal y me estremece cada vez que miro cada DNI de reojo, sobrecogido, mientras simulo indiferencia.



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