Es curioso, pero a mí la palabra maricón, o la palabra maricona, o mariconazo, no me sugieren homosexualidad. Puede parecer una pose, una pose guay de esas que aborrezco, pero no lo es. Lo digo porque cuando estoy en la consulta y me viene el típico chico de veintipocos con su madre, o el de treintaipocos con su chica, porque tiene tos desde ayer, sin fiebre, porque se ha hecho un esguince, porque le duele la espalda después del gimnasio, porque quiere algo que le quite el dolor de un latigazo cervical y lo quiere rápido, sin esperar a que vea primero al abuelo que se asfixia, y viene, él o su puta madre o su puta novia tres veces, tres a mi consulta a meterme prisa, y lo quiere ya pero no pinchado, porque le da miedo, pienso que tengo delante a un MARICÓN, con mayúsculas. Y suelen ser heteros. Y suelen, oh ironías de la vida, follar más que yo. Yo me callo la puta boca y me llevan los demonios (el que me conoce sabe que soy un poco explosivo cuando algo me toca los cojones), porque como médico respeto a todos mis pacientes. Pero como persona, no tanto. Este tipo de gente para mí son MARICONES. Así, con mayúsculas. Y con respecto a los homosexuales, con pluma o sin pluma, con maneras o sin maneras, mi respeto. Tanto a los que han tenido los COJONES de salir del armario y confesar abiertamente su sexualidad, demostrando a los cafres que nos rodean que no pasa nada y no explotan ni nada de eso, como a los que por los más variopintos motivos no han podido hacerlo y han vivido o viven o vivieron su sexualidad a escondidas, cosa que no le deseo a nadie. Sus razones tendrán o tuvieron o tienen, y mi RESPETO también. Con mayúsculas.
Pero a los maricones de gimnasio, a los maricones chulazos que vienen de la mano de la choni de turno, tatuados o repeinados y llorando por gilipolleces, y metiendo prisa y pasando de los abuelos EPOC, de los dolores torácicos o de la gente que entra directamente en parada sólo les digo: MARICONES.



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