Supongo que estáis al tanto de la actualidad, con las muertes terribles debidas a las deudas, la presión del banco, el parte del juzgado, el policia que llama a la puerta.
Tengo otra pequeña historia aburrida que contar.
Veréis, un hombre mayor, todo lo mayor que pueden resultar unos 55 o 56 años, vivía en régimen de alquiler en una casa. Era una casa grande, algo estropeada, pero muy grande, de unos ciento veinte metros cuadrados. Tenía cuatro dormitorios de distinto tamaño, y dos cuartos de baño. Hasta un aseo pequeño. El suelo era una mierda, sí, cierto, pero a cambio tenía dos terrazas, una grande que daba a un lado, a la plazoleta, y otra pequeña que cerraron, que daba a la playa. Tenía la suerte de pagar poco por ella, era uno de esos alquileres baratos.
Este hombre tenía, cosa muy natural, dos hijos. La chica era ya mayor y aunque no estaba fija se buscaba la vida. El pequeño había empezado una carrera de tres años.
Todo eso cambió el día que llegó la primera carta.
En ella, se le informaba de que debía abandonar la casa en un plazo de tiempo determinado. El hombre se quedó de piedra. ¿Dónde iba a buscar una casa? ¿Qué iba a hacer para pagar eso y la carrera del chico? ¿Cuánto tiempo tenía?
Se organizó, habló con abogados, echó los papeles de rigor, esos papeles que todos echamos en algún momento, fotocopia compulsada de tal o cual, fotocopia del DNI, fotocopia de la fotocopia de la madre que parió a la fotocopia. Pero el tiempo pasaba, como siempre, inexorable.
Los abogados hablaban de recursos, de ganar tiempo, de que no iban a echarlo de su casa. Él pensaba que ojalá, pero no estaba seguro, y empezó a mirar casas, pisos, apartamentos. Qué precios, Dios mío. Habló con bancos. Tenía una edad algo problemática, decían. Si le daban bastante dinero tendría que pagarlo en poco tiempo. Si le daban tiempo para pagar, le prestarían poco dinero. Es lo que tiene ser un cincuentón, que no le importas a nadie, y al banco mucho menos.
En esas, entre carta, notificación y pausa terrible, pasó un año. El abuelo, enfermo de cáncer y ya por último con la cabeza ida, falleció. El chico empezó su segundo año y, cosas de la vida, perdió la beca.
Y el tiempo trajo otra notificación, y más presiones, y los abogados seguían hablando de recursos. Y de aguantar. Pero lo que no aguantaba era la salud mental del cincuentón, que era todo números, todo hipótesis, que tenía una familia a su cargo.
Hasta que un día encontró un pequeño piso, no muy lejos, bastante más pequeño. Tendrían que tirar muebles. Y trastos de cuando los chicos eran niños. Pero al menos, pensó, estaremos bajo techo, y tranquilos, sin que nadie venga a echarnos a la calle. La hipoteca, ya se vería. Al menos no era muy gorda, ya que el piso era más o menos baratito. Asequible, más bien.
No hubo notas de prensa. Nadie salió en los periódicos. Por suerte, no hubo ninguna muerte, al menos, si no contamos la del abuelo.
Ese hombre era mi padre. Vivíamos en pisos militares y según un decreto que sacó el (des)gobierno de turno, los militares en reserva (algo así como prejubilados) transitoria tenían que abandonar las casas que tenían alquiladas. Algo que, por supuesto, dijeron a posteriori.
Esa casa era la mía. En MI casa, porque la sigo considerando MI casa, murieron mis abuelos, en momentos diferentes, en cuartos diferentes. En esa plazoleta crecí desde pequeño, atropellaron a mi abuelo, me dejé dos medias paletas, me deshollé las rodillas, jugué al futbol, corrí, creci, fui feliz.
Mi padre no se había metido en problemas económicos. Pagábamos un alquiler barato, es cierto, pero sin ir más lejos, en el Cuartel de al lado, los guardiaciviles no pagaban o pagaban menos. Ya no me acuerdo bien. Tampoco importa mucho.
Apenas salió una noticia o dos en la prensa. Los desalojos de viviendas militares no importan demasiado a la opinión pública. Tampoco las pequeñas manifestaciones.
Claro que fue injusto. Tanto más cuando algunas familias decidieron quedarse, asumir el riesgo, ser inconscientes, no cumplir la ley, llamadlo como queráis. Pero claro que fue injusto.
Y nos sentimos solos. Y nadie vino a ayudarnos. Y mi casa se quedó vacía unos cuantos años, y después la llenó gente extraña.
Y no hubo programas especiales. Nadie se emocionó con nuestra historia.
Y ahora, la gente clama que impidan los desahucios. A mí me parece bien, me parece de puta madre, pero nadie clamó por nuestro caso. Claro que éramos unos miles de familias nada más, no es como ahora, que son tantas criaturitas. Pero no nos habíamos metido en casas lujosas ni teles de plasma, vivíamos alquilados. No habíamos hecho absolutamente nada. Y nos echaron, y a nadie le importó, y nadie se enteró o, lo que es más probable, se enteraron pero a nadie le importó.
¿Cuánta gente tiene que sufrir una injusticia para que la masa reaccione?
¿Qué hace que una injusticia sea más conmovedora que otra?
¿Quién se lamenta cuando el daño no es una muerte, ni una vida en la calle, sino estrés, ansiedad, depresión, injusticia, pero se sale adelante con tesón y trabajo?
¿Quién nos devuelve el tiempo perdido, las lágrimas tragadas, los dientes rechinados?
¿Quién, a excepción de nosotros mismos, va a recordarnos?